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El matrimonio a lo largo de los siglos ha sido principalmente un convenio o alianza para el bienestar y estabilidad de cada persona y para la conformación de la familia, donde lo económico ha jugado un papel especial.

Para el mundo occidental católico, hasta antes del Concilio de Trento, bastaba con que el hombre y la mujer manifestaran y aceptaran verbalmente casarse; las costumbres y moral de la sociedad, del antiguo testamento y del Estado, eran las que regían ese vínculo.  Posteriormente  por su condición de sacramento, la iglesia en ese Concilio intervino normatizando muchas cosas en torno a este, mezclándose así la costumbre, el derecho canónico y el civil.

Refiere Roncancio Parra, del Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, en el libro “Nobles, blancos y mestizos en la Villa de Nuestra Señora de La Candelaria de Medellín” que para que una pareja pudiera contraer matrimonio en la época de la Colonia debían cumplirse ciertos pasos.

DILIGENCIAS PRELIMINARES

  1. LA PALABRA DE MATRIMONIO O ESPONSALES.

De acuerdo con el diccionario de derecho canónico, el orígen de esta palabra es latino: spondeo; son las promesas que se hacen dos personas de diferente sexo, de futuro casamiento.  Esta promesa debe ser: libre y sincera, recíproca (los dos deben expresarla), y legítima (con consentimiento paterno).

Se pueden celebrar esponsales por medio de cosa, cuando se dan arras o un anillo en señal de la promesa que se hace de matrimonio. Se verifican por palabras, cuando se dice algo como: “yo te tomaré a tí por mujer, y tu a mi por marido”. También se pueden contraer esponsales por carta o por un procurador especial. Los padres podían celebrar esponsales para sus hijos prepúberes, pero estos debían ratificarlos al llegar a la pubertad.

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Los dos efectos principales de los esponsales son:

  • La obligación de cumplir la promesa dada. No es posible retractarse en perjuicio de tercero, de la palabra dada con conocimiento de causa y en completa libertad.
  • Generan, si es el caso, impedimento de honestidad pública.

Las causas de disolución de los esponsales pueden ser:

  • Una voluntad de los desposados, opuesta a la promesa.
  • Si ocurre un impedimento dirimente después de los esponsales.
  • En el caso de que se haya celebrado el esponsal de dos prepúberes, si estos no lo ratifican al llegar a la pubertad o manifiestan su voluntad de disolverlo.
  • Un cambio notable en el espíritu, las costumbres, las facciones corporales o los bienes de fortuna.
  • Contraer un matrimonio válido con segunda persona, después de los esponsales con la primera.
  • Las órdenes o los votos religiosos después de los esponsales.
  • La gran separación o fuga, cuando se ausenta por largo tiempo el desposado sin informar a la desposada. Se cree que cede su derecho, retira su palabra y le permite a ella casarse con otro.
  • El lapso de tiempo. Cuando se difiere y no se cumple el tiempo pactado para cumplir su promesa de matrimonio.
  • La jactancia, vox publica : si se alaba el desposado de haber conocido carnal y deshonestamente a su futura esposa.

Vale la pena aclarar que los desposados no podían habitar bajo el mismo techo, hasta no celebrarse formalmente su matrimonio, aunque sí les estaba permitido el acceso carnal o relaciones sexuales.

Generalmente los esponsales se realizaban en privado pero seguramente, si contaban con la venia de los padres, habría habido algún tipo de solemnidad como : la bendición sacerdotal, la protocolización ante un escribano, o el intercambio de objetos simbólicos.

Debido al incumplimiento de esponsales por muchos hombres, cada vez más se fueron dictando normas estatales que les imprimían una obligación contractual y se convertían en sujeto de demandas, para proteger el honor de la familia de la mujer.

Al término del siglo XVIII se solicitaba presentar la constancia del asentimiento paterno por escrito y la presencia de testigos para probar la existencia y validez de los esponsales.

2. EL EXPEDIENTE MATRIMONIAL.

Para poder establecer que se cumplían los requisitos de la palabra de matrimonio, y  las condiciones socio-raciales y morales de los contrayentes, el párroco del lugar donde se pretendía realizar el matrimonio, debía realizar su averiguaciones. Previamente debían presentar el consentimiento paterno.

  • La información de libertad. Fue un requisito legal desde 1670. Se citaba a declarar a los contrayentes y algunos testigos presentados por ellos, ante el cura párroco y con asistencia del notario eclesiástico. La idea era que acreditaran la calidad, honradez y estado del pretendiente, y constatar que no hubiera impedimentos.

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  • Las proclamas. Por medio de estas se hacía de dominio público la intención de los novios de establecer una unión matrimonial. Su origen se remonta a Francia en el siglo XII. La proclamación de la promesa de matrimonio tiene como fin evitar matrimonios clandestinos e identificar impedimentos. La lectura de las proclamas debía hacerse    durante tres días de fiesta consecutivos, y dentro del ritual de la misa mayor, en la(s) parroquia(s) de ambos contrayentes. En caso de diferentes domicilios, el cura de la parroquia donde se in a a celebrar el matrimonio debía recibir del cura de la parroquia del contrayente, por escrito, información de que se leyeron las proclamas y que no resultó ningún impedimento. Si después de leídas las proclamas no se celebraba el matrimonio, estas debían repetirse nuevamente a los 3 o 6 meses.

Existen algunos casos en que el cura puede pedir al obispo dispensa para una o todas las proclamas (que no se realicen) como casos de : temor a oposiciones infundadas; infamia que recaeria en los contrayentes; temor de que se produzcan querellas; cuando la pareja ha vivido en concubinato mucho tiempo y se quiere evitar el escándalo; cuando hubo un matrimonio nulo.

3. EL DISENSO MATRIMONIAL

El Concilio de Trento recopiló y reglamentó entre otras cosas, los temas  referentes al matrimonio, sus impedimentos y dispensas, desde el punto de vista de la iglesia.

Simultáneamente, había una serie de costumbres ancestrales con fuerza de ley y normas de carácter civil que debían cumplirse, como la Pragmática Real de Carlos III sobre Matrimonios en 1776, de matrimonio entre iguales, que originó  una serie de pleitos locales particularmente en Antioquia, de la cual  transcribo algunos apartes:

“…que en adelante, conforme a lo prevenido en ellas, los tales hijos e hijas de familias menores de veinte y cinco años, deban, para celebrar el contrato de esponsales, pedir, y obtener el consejo, y consentimiento de su padre; y en su defecto de la madre; y a falta de ambos, de los abuelos por ambas líneas respectivamente, y no teniéndolos, de los dos parientes más cercanos que se hallen en la mayor edad, y no sean interesados o aspirantes al tal matrimonio; y no habiéndolos capaces de darle, de los tutores o curadores… ”

“…que esta obligación comprehenda desde las mas altas clases del Estado, sin excepción alguna, hasta  las más comunes del pueblo, porque en todas ellas, sin diferencia, tiene lugar la indispensable, y natural obligación del respeto a los padres, y mayores que estén en su lugar por derecho natural, y divino, y por la gravedad de la elección de estado con persona conveniente; cuyo discernimiento no debe fiarse a los hijos de familias y menores, sin que intervenga la deliberación, y consentimiento paterno, para reflexionar las consecuencias, y atajar con tiempo las resultas turbativas y perjudiciales al público y a las familias”.

“Si llegase a celebrarse el matrimonio sin el debido consentimiento o consejo, por este mero hecho, asi los que lo contrageren, como los hijos y descendientes que provinieren del tal matrimonio, quedan inhábiles  y privados de todos los efectos civiles, como son el derecho a pedir dote o legítimas, y de suceder como herederos forzosos y necesarios en los bienes libres que pudieran corresponderles por herencia de sus padres o abuelos,  a cuyo respeto y obediencia faltaron contra lo dispuesto en esta Pragmática…”

“Así mismo declaro, que en cuanto a los vínculos, Patronatos, y demás derechos perpetuos de la familia, que poseyeran los contraventores, o a que tuvieren derecho de suceder, queden privados de su goce, y sucesión respectiva…”

“Los mayores de veinte y cinco años cumplen con pedir el consejo paterno, para colocarse en estado de matrimonio, que en aquella edad ya no admite dilación, como está prevenido en otras leyes; pero si contravinieren dejando de pedir el consejo paterno, incurrirán en las mismas penas que quedan establecidas, así en quanto a los bienes libres, como en los vinculados”

No obstante, hasta acá estar dirigida a los hijos,  la pragmática también reglamentaba a quienes daban su consentimiento, de la siguiente manera: “…mando: que los padres, abuelos, deudos, tutores y cuidadores en su respectivo caso, deban precisamente prestar su consentimiento si no tuvieren justa, y racional causa para negarlo, como lo sería si el tal matrimonio ofendiese gravemente el honor de la familia, o perjudicase al Estado” y otorgaba el derecho a los hijos de acudir a la justicia ordinaria para dirimir el asunto, que debía mantenerse en privado y en secreto. Posteriormente Carlos IV rebajó la edad para hombres a 24 y mujeres a 22.

En las oposiciones o disensos al matrimonio, lo que mas se argumentaba era la existencia de desigualdades, desde el punto de vista racial, económico, social y moral, e incluso la desigualdad de nacimiento de los contrayentes o de alguno de sus ascendientes (la ilegitimidad en el siglo XVII era un indicador de las incapacidades sociales de la persona, pues les negaba la posibilidad de acceder a cargos públicos en las estructuras de poder coloniales, entre otras cosas).

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Una vez interpuesto el disenso matrimonial ante las justicias de primera instancia, se procedía a recibir las pruebas que establecía la ley. Se levantaba información con testigos idoneos, en secreto, en el lapso de ocho días. El juez dictaminaba si el disenso era racional o irracional, y expedía la licencia matrimonial (que desestimaba el disenso paterno) para que los contrayentes pudieran acudir a la iglesia para la ejecución del matrimonio. En general, para los funcionarios que dirimían estos disensos, primaba la cuestión del honor familiar, exceptuando cuando la familia en efecto, ya había caido en desgracia.

La cuestión del honor se basaba en la igualdad social y racial que se buscaba a través de los vínculos y alianzas matrimoniales. Las familias blancas buscaban casar a sus hijas con forasteros llegados de la península  o al interior de su propio grupo familiar, para preservar su posición y poder socioeconómico. Los mestizos procuraban casar a sus hijas con blancos, buscando acceder a los beneficios de que estos gozaban, o en su defecto, buscaban uniones isogámicas; el matrimonio con un inferior social o racial en la mayoría de casos significaba un retroceso en la posición familiar adquirida en la sociedad. Un matrimonio desigual significaba degradar la imagen pública que se tenía de la familia del contrayente que estuviera reputada de mejor calidad, e iba en detrimento de la condición social de los descendientes de la pareja y de la solidaridad de la familia.

Cuando no se estaba de acuerdo con el dictamen de la primera instancia, se podía apelar ante la Real Audiencia y se extendía el plazo a 30 días, para resolverlo. Ante la imposibilidad de reunir pruebas de su calidad, muchos pretendientes desistían de su intención de matrimonio.

Ocurrían a veces este tipo de situaciones:

El “depósito” de doncellas en casas beneméritas, solicitado a los alcaldes por los padres o familiares, para evitar que el pretendiente la raptara o se viera a solas con la prometida,  por las repercusiones públicas para la imagen de la mujer y su familia,  y para evitar embarazos.

Aldeanos. Torres Mendez.

Aldeanos. Torres Mendez.

La fuga o rapto, cuya autoría recaía sobre el pretendiente, como medio de superar la desigualdad socio-racial y que buscaba la aprobación a la fuerza del matrimonio por parte de los padres, por las habladurías que generaban sobre la castidad de la doncella y el honor de la familia.  El rapto se consideraba un delito por las autoridades civiles, y la severidad con que se castigaba dependia del nivel de desigualdad: desde la ejecución del matrimonio -si la diferencia no era mucha- hasta la indemnización y el destierro.

La mujer que quedaba por fuera de un compromiso concertado con anterioridad, asumía el estigma ante la sociedad de ser una persona “manchada, inferior y deshonrada”, y los hijos concebidos y nacidos en este contexto llevaban una carga de deshonor el resto de su vida y para toda su descendencia. Además la ilegitimidad era un indicador de la moralidad sexual de las mujeres del grupo familiar y un agravio a las tradiciones familiares y culturales.

LA DOTE

La dote representaba un adelanto del patrimonio familiar, que el padre cabeza de familia distribuía entre sus hijas para garantizar una solvencia económica para la vida futura en pareja.

Generalmente consistían en bienes personales, bienes inmuebles, esclavos, herramientas de trabajo, dinero y/o ganado.

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El marido era el receptor y administrador de la dote, y se convertía en deudor de la misma ante la familia de la mujer. En el momento de la muerte del esposo, se descontaba de sus bienes materiales la dote, la cual regresaba a la familia materna. En caso de muerte de la esposa sin que hubieran quedado descendientes, la dote pasaba a poder del marido siempre y cuando los bienes hubiesen salido de la mujer o o de los parientes de la misma por linea materna, en su defecto, debía pasarlos al suegro o a la familia de la esposa.

LA MISA DE VELACIÓN

Una vez cumplidos los esponsales, levantado a satisfacción el expediente matrimonial, superados o no presentados los disensos, y fijado el monto de la dote -si era el caso-, la pareja podía recibir el sacramento del matrimonio en una misa de velación.

Estas misas no podían ser efectuadas “entre el adviento y la epifanía, ni entre el día de ceniza y la octava de pascua” según el Concilio de Trento.

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Esta ceremonia, realizada en la iglesia, en presencia del párroco y testigos, se hacía preferentemente en horas de la mañana y en el lugar de domicilio de la contrayente, la velación consistía en la bendición solemne de las nupcias, con modestia y honestidad.

Finalmente se registraba el hecho en los libros parroquiales por el notario eclesiástico.

Anexo un vínculo a un escrito denominado El amor en el matrimonio ; una traducción manuscrita por Joaquin Acosta, sin fecha  (presumiblemente finales del siglo XIX), que contextualiza el tema del sentimiento del amor o la falta de él, en el matrimonio en épocas pasadas.

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